Una mañana más miré por la ventana del segundo piso. Ahí estaban: como dos centinelas desnudos, cansados, mohosos; suplicando que lo hiciera de una vez. Ya el verano anterior no habían dado hojas, pero yo andaba deprimida y pensé que, con todo derecho, después de tantos años, esos hermosos árboles podían haberse declarado en huelga…Así me sentía yo. Esperaríamos hasta la próxima primavera. Pero esa mañana lo vi claro, y cuando yo veo algo claro no hay quien me detenga.
En el periódico de “Green Hills” - vivíamos en
Nasville, 1991-92 (?) - se anunciaba una empresa con todo tipo de garantías y experiencia; a las ocho del día siguiente vendrían dos de sus mejores hombres a encargarse del trabajo. No dejarían ‘ni una viruta’ de lo que todavía eran dos hermosos ejemplares.

Eran las 11 de la mañana del día siguiente; yo con mis esperanzas perdidas. El ruido quejoso de una camioneta me hizo salir a la puerta. Los expertos, más parecidos a “the odd couple”, se acercaban sonrientes a saludarnos: una larga soga enroscada en el hombro del pelirrojo, y un par de serruchos, era todo lo que traían. ¡No podía ser!… La abierta sonrisa, la soltura y gracia con que se movía el más joven nos tranquilizó.
Cortaron los árboles a lo Tarzan, y entre intermedios de ‘ice te’ y agua fresca, nos enteramos que eran ‘compositores, músicos’. Esperaban, como otros muchos, su entrada a la fama del
Country Music. Entre tanto se ganaban, malamente, la vida haciendo de todo lo que salía: camareros, jardineros… Para cuando se despedían, John -
“sweet John” - se marchaba con un oficio más que añadir a su currículo de pluriempleo: profesor de guitarra y bajo de mis dos hijos.
Las mejores cosas llegan así, disfrazadas. Al que sabe reconocerlas lo llamamos ‘afortunado’. Pues, nuestra familia, con la llegada de John, gan

ó en fortuna.
Creo que fueron dos años en los que John, semanalmente, venía a casa y en el sótano se reunía con los chicos. En un principio se oía más charla y risas que notas musicales, hasta el día que, ‘they jammed’. Era una delicia oírlos. Fue entonces cuando Jonh, con su carisma, empezó a insinuar su despedida: “Mi trabajo ha acabado aquí”, “ya no tengo más que enseñarles”, “tocan mejor que yo”. Así era; así sigue siendo --me consta-- John Bohlinger.
Propuso reunirse con ellos ‘to jam’; cobrar le parecía injusto! Increíble: para entonces ya empezaba a tener fama y estaba solicitado, no necesitaba dar clases. Recuerdo que, viendo que lo perdíamos, mi hijo menor le pidió que si le podía enseñar a tocar el banjo; Jonh soltó una de sus contagiosas carcajadas; un viejo amigo suyo,
Aaron Barnhart, la describe así: “It’s hoarse and rolls out like exhaust, in big plumes, an irresistible one-man track”. Lo retuvimos unas semanas más enseñándole a Pablo “lo poquito” - según él - que sabía de este instrumento.

Nos seguimos viendo, pero cada vez menos: sus viajes, ‘giras acompañando a los famosos’, eran cada vez más frecuentes. Me encontraba con su entonces mujer, Sherry, y su hijo August - un querubín de cinco años que tenía la delicada belleza de su madre y la personalidad seductora del padre. La veía triste… Como todo el que conocía a John, Sherry tenía la certeza de que se haría famoso. Con el tiempo, ella tendría una finca con caballos a las afueras de Nashville; su sueño. En los prolongados viajes de John - que lo llenaba todo- ese sueño le debió de consolar. Eran muchos los días que él pasaba
“on the road” - más de la mitad del año - para que los sueños de toda la familia se realizaran. Días de trabajo y noches de soledad también para él.
Para entonces mis hijos, junto con otros amigos, habían formado un grupo. Tocaban en el colegio y restaurantes populares entre los adolescentes del área. El grupo se disolvió cuando los componentes empezaron sus estudios universitarios en distintos puntos del país. De ese grupo quedó un CD que acabo de encontrar hoy, después de casi quince años y varias mudanzas: de Nashville a Chicago y de allí a Boston..
En el pasado he buscado a Jonh en “google”. Me alegraba ver como triunfaba, sin que su humildad y bondad disminuyeran. Fue en estas visitas a Internet como me enteré - sabía que había estudiado en Coumbia University - que se había graduado con los más altos honores que se otorgan…Lo cuenta John en
sus entrevistas riéndose y diciendo que, ‘como es un poco disléxico’, el complejo le hizo trabajar mucho, por eso los honores. Tampoco sabía que después de su maestría en Inglés continuara sus estudios, dejando sin acabar un doctorado en psicología; o que hubiera pasado un año en Honduras enseñando en un orfanato’ El hogar del Amor y Esperanza’; todo esto teniendo en cuenta que a los 21 se había casado con el amor de sus años colegiales ; muy pronto nacería August. Abandonarían NY City por el aislamiento y morriña que Sherry sentía y por las condiciones en que vivían – Harlem y sin dinero para acabar el mes - no era lo que querían para el pequeño August.

Casi al mismo tiempo que nosotros llegamos a Nashville, llegó la familia Bohlinger. Conducían un viejo V W, tipo furgoneta, donde - nos confesó - habían pasado noches y días cuando no podían pagar ni hoteles ni vivienda. Todavía lo veo, aparcado a la derecha de la casa; si mal no recuerdo, era color verde lima.
Hoy, buscando antiguos CDs, me encuentro con el de mis hijos. En la sección de agradecimientos: a John Bolinger, que tanto les dio. Desde que nos mudamos a Boston -- ¡cinco años ya!-- No había tenido noticias de Johnny B (como lo llaman sus amigos). Ahí estaba: un breve tecleo y la vida de John se presenta ante mi con una mezcla de esperanza y tristeza: primero la noticia del divorcio de la pareja. No me sorprendió, me desilusionó. Pero no estaba preparada para la muerte del pequeño August. Pequeño - como lo recuerdo - pero murió, de una "overdose", casi a la misma edad que su padre tenía cuando él nació (1988-2007). De su padre había heredado su sangre gitana. John solía decir que él tenía algo de ‘gipsy’ y por eso “Augui his gipsy son”.
El inconsolable padre, entre remordimiento y dolor, sonríe cuando al identificar el cadáver de su hijo ve que en los pies todavía quedan briznas de hierba. Señal de que sus últimas horas las pasó descalzo, en un parque, ‘como un gitano real’.
Mirando las fotos de estos últimos años veo al John de siempre. En algunos You Tubes - después de la muerte de Augui - la mirada ida, la sonrisa forzada. A los 43 , ha decidido que la vida sigue. Otra vida, pero seguro que la vivirá con la alegría que le pueda sacar.
Esta es la sexta temporada que actua como ‘band leader’ del programa
“Nashville Star” en la cadena de NBC (un derivado de “American Idol”). Sus canciones y música se puede oír en innumerables programas de televisión y películas. Como escritor ha coeditado un libro de cuentos de famosos de la Música Country,
“Guitar and Pen”, participando también como autor de algunos de ellos.
Se casó en Noviembre del 2008 con
Megan Mullins, una joven ‘prodigio’ de la música Country. Qué ella lo sepa apreciar.

Sin duda, esta es la entrada del blog que más me ha costado escribir. Siento no tener la facilidad y el talento para poder recoger en estos renglones algo tan especial y único como la esencia de “our sweet John Bolinger”. Y si llega a tus manos, John, sé que nos recordarás y sonreirás como sól tú lo sabes hacer.
La canción que elegiste para despedirte de August, te la dedicamos hoy a ti.
Un abrazo, amigo.
Danny, Pablo, Christopher, Maria Estrella.