La verdad sea dicha, me recreo en esto ahora con mucha más exactitud de lo que percibí en el primer instante; en el instante que dije “yo podría vivir en esta casa”. Al entrar, lo que captó mi retina fueron los colores de los cuadros en las paredes, las alfombras de distintos tama
ños dejaban ver el robusto suelo y las ventanas;esas ventanas tan características de las casas al estilo victoriano, haciendo trío en una graciosa curva. Según subíamos al segundo y tercer piso la misma escena se iba repitiendo. En los pisos de arriba se unia a todo esto otro elemento: las estanterías blancas llenas de coloridos lomos de libros. Seguían los cuadros tan sugerentes y magnéticos. Muchos eran espacios, donde - como en un cuento de Cortázar- uno se querría meter y pasar unas horas, otros eran retratos de gente viva, aunque quizás algunos ya hubieran muerto.Varias veces en el recorrido de la casa me tuve que recordar ‘no mirar’ lo que colgaba de la pared y buscar esas inevitables grietas que dan tanta personalidad a las casas antiguas pero que te volverán loca más tarde: los cuartos de baño, cocina… el sótano y el sistema de calefacción...
Cuando acabamos el recorrido de esta, ahora nuestra casa, le preguntamos a la agente que quiénes eran los dueños. Yo esperaba una respuesta que me explicara esa colección tan increíble de arte. Ella dijo, como si lo tuviéramos que saber: “Es el hijo de Joseph Solman, Paul Solman y su mujer Janet Freeman”. Sinceramente, no me sonaba el nombre del pintor pero en cuanto volviéramos a Chicago, con la casa ya comprada, me iba a enterar. Fue por entonces cuando me aficioné a Google.
Después de todo este tiempo viviendo aquí, rodeada casi de los mismos colores que sus antiguos dueños dejaron y de objetos parecidos, la casa me sigue gustando. A veces me pregunto cómo será la nueva casa de los Solman. En una ocasión tuve la oportunidad de mirar por la rendija del televisor y ver –en una entrevista que hacían a Paul- que en el fondo se veían los mismos cuadros que un día descubrí. Los mismos colores de trasfondo en la pared. Seguíamos conectados.

Hace unas semanas empezaron a llegar cartas dirigidas a Paul Solman. Después de más de cuatro años esto era un poco desconcertante. Las cartas llegaban diariamente, dos o tres al mismo tiempo. Mi marido observó que, siendo los antiguos dueños escritores, habrían publicado un nuevo libro…etc. Más cartas llegaban; yo recogía el correo, y todavía lo hago, con la ilusión de que hubiera cartas para Paul. Las estábamos reuniendo para mandarlas todas juntas; algún día tendrían que dejar de llegar.

Después de un par de semanas de correo, y cuando recogía del suelo varios sobres para los Solman, tuve una corazonada: quizá Joseph Solman había muerto, ya debía de tener cerca de los cien. Una vez más me metí en Google y, efectivamente, el pintor había muerto…tan dulcemente como había vivido. Por la tarde había ido con unos amigos a una exposición; a la vuelta a casa se tomó su acostumbrado Scotch y... nos dejó con su obra.
Nunca pudimos comprar uno de sus cuadros, se cotizan alto, pero –mientras vivamos aquí- tenemos en el sótano la paleta del pintor. En sus frecuentes y largas visitas a su hijo y nietos – durante más de treinta años- solía pintar en el lavadero y dejó sus colores en la pileta donde limpiaba sus brochas. Eso nos dijeron.
















