domingo, enero 04, 2009

NO SOLO DE PAN...

Los Reyes magos han llegado unos días antes. Como el año pasado mi hermano me mada recuerdos de su niñez. Al ser él unos años mayor que yo le pedí que me fuera escribiendo lo que él recordaba. Se resistió al principio pero el año pasado llego la primera entrega http://chiquitin52.blogspot.com/2007/12/el-rey-mago-arrepentido.html y este año me sorprende con una gama de colores, sabores y momentos nítidos para él; borrosos algunos y otros inolvidables para mí. Su memoria me devuelve nombres de marcas, calles, comidas, frutas, costumbres…una fiesta de recuerdos perdidos. Os dejo aquí unos cuantos porque sé que también serán los vuestros.


NO SOLO DE PAN…
A propósito de pan; en Montejicar teníamos el horno tres casas más abajo y comíamos uno grande y redondo que no terminaba de gustarme. Fue un descubrimiento llegar a Jaén y encontrarnos con aquellas piezas llamadas “libras” con la masa tan blanca y apetecible (“pan sobao”) y cuyos cuencos se comían con aceite y azúcar o leche condensada, también con una jícara de chocolate; recuerdo marcas Nestlé, Matías López, Virgen de la Cabeza (a la taza), Suchard y Orbea. Éste último llevaba en el interior del paquete un pequeño cuento infantil que yo coleccionaba. Había unas chocolatinas que a mí me gustaban mucho, eran cuadradas de la marca Vitacal (en realidad se trataba de un sucedáneo), contenían cromos y se anunciaban así por la radio: “¡Chaval toma Vitacal!”. También estaban los cigarrillos de chocolate.
Otra cosa que nos encantaba era los calostros azucarados que mamá nos preparaba cuando nuestra cabra paría, o de otras. En Jaén la lechería la teníamos justo al lado. Yo iba muchas veces a comprarla.

En el pueblo siempre teníamos torta y roscos fritos envueltos en azúcar que eran una delicia. Me relamo de pensar en las gachas con miel; una especie de harina amasada con matalahúga rociada con miel de caña y una especie de picatoste en trozos pequeños.
En tiempo de matanza nuestra comida preferida eran los chicharrones asados en la lumbre y los chorizos y morcillas. Con la vejiga del cerdo nos hacían una pelota a especie de globo.
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Un día que papá fue a Granada me trajo mi primera cartera (de cuero marrón) y ¡plátanos! que se convertirían en mi postre favorito junto al pan de higo, dulce de membrillo y uvas pasas. Y qué decir de los caquis y melones que colgaban del techo en la casa de los abuelos, así como las algarrobas que guardaban en un cajón de la cómoda del dormitorio. También los melocotones que el abuelo traía de su huerta de Cañaspinar...


Nada más mudarnos a Jaén (final de diciembre de 1955) descubrí una lata grande de mantequilla de la marca Arias. Aunque estaba rancia y amarilla, a mí me encantaba untarla en el pan, por eso cuando descubrí el queso que nos daban en la escuela (Made in USA) me gustaba tanto. La leche no podía con ella, sin embargo en polvo sí que solía comerla.



Otra de mis preferencias era tomar un buen tazón de café sopado. En realidad, no era café sino un caldo hecho a base de cebada tostada. Recuerdo que por entonces la marca de café por excelencia era “Cafés La Estrella, la estrella de los cafés.



¿Te acuerdas de una niña que se ponía a vender higos chumbos en nuestra misma acera? A mí me gustaban mucho y los tomaba ya pelados, cuatro por una peseta. Aquella niña era hija de un minero cliente de papá y murió muy joven.

No se si recordarás de un vendedor ambulante que vendía camarones salados a granel metidos en un cucurucho de papel. Otro solía venir de Torredelcampo, vendía garbanzos tostaos o los cambiaba por productos del mismo género. Mamá le daba un kilo sin tostar a cambio de medio kilo de tostados.

Había otro hombre, ya de edad, que mis amigos decían que era el padre de la “Ropa Verde” (una joven y llamativa prostituta que vivía por la Puerta de Martos) llevaba una cesta de mimbre y por un módico precio ofrecía productos como moras, allozas (almendras verdes), madroños, memencinas, majoletas... Con un canuto de caña pequeño se solían escupir los huesos de éstas últimas usando como blanco el cuello del sufrido amigo de turno.




Y de las clásicas comidas no me acuerdo apenas. Mamá nos daba para desayunar galletas María con Caobania, un sucedáneo del Cola Cao que nunca lograría imponerse a pesar de patrocinar una novela radiofónica de los culebrones que se ofrecían a media tarde. Y también nos hacía flanes de la marca “El Niño”. (Aquellos sobres con la cara de un bebé)


Sí me gustaba el potaje de garbanzos con aquella especie de panecillos tan ricos que yo le cogía a mamá antes de que los echara al guiso, para disgusto de ella. Otra comida que ahora me parece rara es el gazpacho que se hacía entonces a base de agua avinagrada y aceitosa, sopas de pan y trozos de tomate y pepino. Te ponías a devorarlo cuchara en mano y entraba bien porque se servía frío con cubitos de hielo. Lo que no nos gustaba era el cocido, pero nos la ingeniábamos para comerlo a base de machacar los garbanzos en una especie de puré al que añadíamos aceite y vinagre. De esto creo que te acordarás.


Papá solía hacer muy bien las migas de pan porque para su elaboración se necesitaba tener un brazo fuerte. Puede decirse que a lo largo de su vida su cena fue siempre la misma: dos huevos pasados por agua y un vaso de leche.


Y no quiero amargarte el final de esta historia con las comidas que solía hacer papá cuando nos quedamos solos. Si te diré que el caldo de Avecrem, pimentón con patatas y bacalao y un guiso - - en el que cocía las habas tiernas hasta con vainas -- eran sus especialidad.

20 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias al autor de esta maravillosa evocación y gracias a Chiqui por compartirla. Os envidio a los dos ese mundo tan rico de comidas y de personas, y la precisión y ternura de estos recuerdos. Parece que no hay nada que mejor nos ayude a recuperar el pasado –el tiempo perdido-- como las comidas. Quizás también la música.

robin dijo...

Un suculento y melancólico paseo. ¿Y qué hay de las acerolas? Esas frutitas pequeñas, parecidas a las manzanitas silvestres, ácidas y ricas. Las últimas, las comí, en cucurucho, en la calle principal de Jaen. Las vendían baratas. Luego, descubrí dos acerolos en la casa donde vivo ahora, en pleno campo. A lo memjor vosotros las llamais de otra forma.

desde Ubeda dijo...

Calostros, camarones, algarrobas, majoletas con canuto. Estáis hablando de otro mundo casi desaparecido en el que yo también era niño como vosotros. Niños felices que a lo más tenían un balón y un tirachinas, y el campo. Gracias chiqui por compartir los recuerdos de tu hermano con nosotros.

Chiqui dijo...

Hola a todos.
Quiero añadir que la foto que os he puesto es del patio (árabe) de la iglesia de La Magdalena, que fue construida sobre las ruinas de una antigua mezquita. Ya he dicho en mi blog que yo fui a la escuela en ese mismísimo patio. Según veis la foto, a la izquierda, subiendo unas escalerillas había un salón para las pequeñas; la maestra se llamaba doña Pepita. A la derecha se subía por otras escaleras a un salón más grande para las mayores, la maestra era la hermana mayor de Doña Pepita, Doña Aurora. Las ventanas daban a ese hermoso patio que yo recuerdo lleno de plantas y de hiedra. El estanque estaba lleno de peces naranja. Todas las mañanas me detenía para observarlos; me preguntaba qué comerían.
Durante el recreo nos daban esa leche en polvo de la que habla mi hermano; yo salía y sólo tenia que cruzar la calle, mi madre me esperaba todas las mañanas con una mezcla de azúcar y canela…Nunca me di cuenta de que el castillo se veía tan hermosamente desde ese arco. Claro que como vivíamos debajo del castillo y lo veíamos por todas partes, ni le hacíamos caso: de hecho había una entrada en el patio de nuestra casa que -se supone- conducía directamente al castillo. Yo ni me acercaba a ella, salían ratas del tamaño de un gato!

Lola /Carmela dijo...

Gracias por tan maravillosa narración, haces que me transporte a esos años, con los olores, sabores, que nunca se olvidan, como el olor que nuestras madres ponían en las ropas calentadas con alhucema, parecida a lavanda, ese perfume que huele a limpio. Los olores a comidas de navidad, arroz con castañas, el pavo relleno, los postres, tortas de manteca, pestillos que se elaboran por toda la familia, dando cada uno forma a tan especial manjar, los polvorones caseros y un sin fin de sabores que nunca se olvidan, cuando los recuerdas, los percibo y saboreo con la misma intensidad con la que los comia. Epoca entrañable, canciones como comentas, inolvidables, que nos hicieron compartir momentos de amor, ilusión, lo teniamos todo, no teniamos la necesidad de tener ni atesorar, solamente sentiamos, éramos tal como éramos, sin más, pero felices. Ahora tenemos de todo, seguimos queriendo más y más y nunca estamos satisfechos, como consecuencia nunca felices, porque basamos nuestra felicidad, en el tener y no en el ser. Saludos a tu hermano y gracias por tan hermosos recuerdos que te ha enviado, eso si que es un verdadero regalo de reyes.

Chiqui dijo...

Lola, llevas toda la razón; que te devuelvan tus memorias perdidas es el mejor de los regalos. Lo que tú añades es bien bonito y mucho de ello también lo menciona mi hermano, sólo he puesto aquí una selección. Por cierto, tú dices ‘pestillos’ pero yo recuerdo ‘pestiños’, y qué ricos estaban…si pillara ahora un par de ellos se me acabarían todas las penas.
No sé Lola, lo de querer más y tenerlo todo…creo que en muchos casos el problema es que no sabemos lo que queremos.

Me imagino que no nos ha tocado la lotería del Niño, ¿no? Pues mejor, el dinero lo complica todo. Besos.

Chiqui dijo...

No sé para qué habré puesto la foto de las gachas con picatostes…cada vez que las veo me voy a la cocina y abro el frigo y los armarios y me entra un desconsuelo increíble. Qué frío todo lo que encuentro…

amalia dijo...

Chiqui tu hermano reconstruye vuestra infancia a través de las comidas, pero sobre todo de la carga afectiva que vosotros ninios les poníais.
Con mis hermanos siempre recordábamos las comidas que nos hacía mamá,que siempres fue muy poco cocinera. Sólo que tenidas de recuerdo y situaciones se hicieron inolvidables.
Tengo fe en que mis hijos recuerden mis desastres culinarios con el mismo carinio!

Elvi54 dijo...

Un consuelo tonto, Chiqui: las gachas engordan un montón, je, je

Chiqui dijo...

Amalia, estoy segura que así será en tú caso. Nadie peor cocinera que yo y mis hijos, cuando vuelven a casa, siempre piden las dos o tres cosas que recuerdan: gazpacho, tortilla de patatas, paella (arroz con lo que sea) y natillas o flan…
Las comidas que mi hermano y yo recordamos estaban hechas con ingredientes en su mayoría producidos por la familia, desde el aceite, las carnes, frutos secos hasta lo que se compraba por la calle, que venía de las huertas de otros o crecía en el campo a disposición del que lo usara (los higos chumbos, los madroños y las majoletas).

En EE.UU. es imposible darle el mismo sabor a estas comidas tradicionales españolas. Los productos vegetales sufren un proceso de maduración acelerada y las carnes y el pescado…mejor ni hablar de ello.

Chiqui dijo...

Elvi, pues si, es el consuelo de los tontos. Lo interesantes es que cada vez que voy a España adelgazo, o al menos no engordo. Dicen que la memoria reconoce esos sabores de cuando tu metabolismo lo quemaba todo, se confunde y vuelve a funcionar con la misma eficiencia de cuando eras niño. Claro, si es verdad, funcionaria para un par de semanas sólo.
Me parece que tú eres una buena cocinera…

adolfo dijo...

Chiqui, te saludan los super quad:
http://www.youtube.com/watch?v=GwriOyQf1EA

Lola /Carmela dijo...

Enhorabuena Chiqui, te ha vuelto a tocar la loteria del Niño, tienes mucha suerte, estamos en camino de conseguirlo, verás que de cosas vamos hacer. Tu rectificación sobre pestillo,es correcta porque se llaman pestiños, te voy a enviar una caja para que disfrutes, espero no me lo devuelvan, por el tema de las fronteras; me gustaría también invitar a todos los que visitan tu página, son personas encantadoras y a todas os deseo un año 2009 lleno de cosas buenas. Saludos.

Chiqui dijo...

Lola, creo que tienes muy Buena mano para lo de la lotería. Quizás debería probar a que invirtieras por mí en otras cosas. ¿Qué tal una casa en Portugal? Al lado de la tuya!

No mandes los pestiños! Tengo que adelgazar los excesos de las fiestas. Además no sabrían como los de mi abuela y me entraría más morriña. Te lo agradezco desde lo más profundo de mi estomago.

Chiqui dijo...

Adolfo, dónde has encontrado ese video, es mondante. El más listo es el que se chupa el dedo, siempre ha sido así.

Adriana Paoletta dijo...

Que delicia para los sentidos... es hermosa la narración. Nuestros recuerdos están cargados de aroma y sabores de la infancia... es bello volver a evocarlos,
Un abrazo de luz
adriana

Chiqui dijo...

Gracias Adriana. Alguien como tu puede apreciar lo importante de los recuerdos que nos traen los sentidos, verdad?

Cristóbal dijo...

Una parte de mi infancia la viví en casa de mis abuelos. Todas las noches nos daban de cenar lo mismo: hervido de primer plato, huevo pasado por agua de segundo y un vaso de leche.
Tanto el hervido como el huevo pasado por agua los aborrecí de tal forma que nunca he podido volver a tomarme un huevo así. Añoraba las bajocas redondas que he vuelto a encontrar en Mercadona y a comer con gusto.

[hervido.
(Del part. de hervir).
2. m. Cat. y Val. Guiso de judías verdes cocidas con patatas, sazonado con aceite y vinagre.
bajoca.
(Del cat. bajoca).
1. f. Mur. Judía verde.]

Chiqui dijo...

Cristobal, qué gracioso, con tus notas al pie del comentario...

¿Sabes que esa fue mi cena durante años también? El hervido era de acelgas, cebolla y patatas...con un buen chorreón de aceite. Otra variedad era la coliflor. Luego un par de huevos, pero fritos.

Volvía de clase (hice el bachiller superior por la noche) y no sabes lo bien que me sentaba. Me lo preparaba una tía solterona que vivía con nosotros, a regañadientes, ya que no veía porqué tenía que estudiar pasado del cuarto de bachiller, ella no lo había hecho...pero me lo preparaba.
Gracias por recordarme esa otra etapa de mi vida.

Chiqui dijo...

Querido hermano, antes de cerrar esta entrada quiero contarte la historia de la caja de ‘Saludemos al café “La Estrella” el mejor’. Me la trajo nuestra prima Lola, hija de un hermano de nuestro abuelo (María Dolores Tortosa Linde) cuando vino a vernos a Nashville.

Enseñaba ella en la Universidad de Granada. No nos habíamos visto desde niñas, cuando – después de la muerte de mama – pasaba yo los veranos en el pueblo. Jugábamos juntas y nos contábamos cuentos inventados… Por puro azar nos reunimos, ya casi en nuestros cuarenta. Descubrimos que las dos habíamos estudiado literatura, y las dos nos habíamos interesado en las antigüedades, la pintura, la arquitectura… Fue una semana completa, no parecía haber pasado el tiempo, nos contamos otras historias, ahora verdaderas. No me dio tiempo a devolverle la visita ya que moriría un par de años más tarde de cáncer. Dejo a un niño que hoy será un hombre y a su marido, a quien no conocí pero que sé es una persona generosa y de gran sensibilidad artística.

No la olvidaré. Encontrarnos de nuevo para asegurarse ella si todavía llevaba yo trenzas (así era de graciosa) y para, sin saberlo, decirnos adiós.

http://dialnet.unirioja.es/servlet/extaut?codigo=264443


http://prensa.ugr.es/prensa/campus/prensa.php?nota=747