martes, junio 07, 2011

CALDO DE GALLINA.

Recuerdo a mi prima Carmela recién casada: el pelo negro partido en medio y recogido en un moño bajo, ojos rasgados y una nariz perfecta. Alta y delgada, llevaba con gracia un mandil, parte del extenso ajuar que había bordado en el cortijo.
Su casa en el pueblo era inmaculada: el gastado ladrillo del suelo, con un rojo que sólo unas gotas de aceite en el agua podrían haber conseguido. Los visillos blancos, como debe ser, las sabanas bordadas todavía con las rayas de un buen planchado. Apenas eran dos cuartos y se los enseñaba - con orgullo - a aquella mocosa que ahora escribe. Me pareció la casa perfecta para pasar el resto de la vida.
Las palabras elegante, distinguida, señorial no existían para mí. Tampoco la podía comparar con ninguna belleza estelar. Marcelino Pan y Vino, el Gordo y el Flaco, y pare usted de contar... era todo lo que había visto en pantalla. Pero más tarde en mi vida la he recordado con frecuencia cuando he visto a alguna belleza de buen porte y estilo.



Esto no era todo. Carmela se había casado con Gerardo, camionero por entonces, que más que un camión parecía que le correspondería conducir un descapotable (que tampoco sabía yo lo que era). De color aceitunado, pelo lacio y negro, ojos verdes, se movía con gracia. Su temperamento callado lo hacía diferente a otros hombres de su edad.
Medio siglo después--que ya es decir--he vuelto a encontrarme con esta pareja. La casa, desde fuera, parecería la misma que yo recordaba. Una vez dentro, las comodidades del siglo XXI. Sin excesos, pero todo lo necesario para no echar de menos nada.

Lo primero que oí al entrar fue el griterío de un gallo protestón. Pasaba la tarde y el gallo no paraba. A petición mía salimos al patio. Fue cuando me di cuenta que la tradición seguía, y era esta hermosa pareja, ahora en sus setenta, quien la conservaba.


Un patio con parra y rosal rodeado de macetones recién plantados con hierbas y hortalizas. Al fondo el gallinero dividido en varios compartimentos: para los polluelos, las gallinas, los gallos y uno extra para los peleones. Carmela los saca a comer al patio por turnos. Se encarga de entrar a unos antes de sacar a otros, para evitar conflictos y vuelo de plumas. Por supuesto, el gallito cantaor, se pasea ufano sabiéndose dueño del terreno: sale el primero y entra el último. ¡Y cuidado con no acercársele demasiado con la cámara! Me libré de un par de picotazos de pura suerte...menudo personaje; claro, con esos colores no se podría esperar otra cosa.

Me dice mi prima que recoge todos los días casi dos docenas de huevos... creo que conté nueve gallinas! Todo el que entra por su casa sale con huevos frescos. Señalando a una de las gallinas comenta que "ésa ya no pone muchos" porque tiene más de siete años. Toda una vida para una gallina, pienso yo. No sé si debo preguntarle, pero lo hago:
"¿Y qué haces cuando no dan huevos?"
"Las mato," me contesta con toda naturalidad.
"Pero a los siete años deben de estar muy duras ¿no?", le replico tímidamente sabiendo que meto la pata.
"¡Huy! pero dan un caldo riquísimo!", me contesta sin inmutarse.


Así es como la tradición sigue. Y yo me siento como una boba queriendo salvar a una gallina de las manos de Carmela, olvidando cómo su madre-- mi tía Mercedes--en mis veranos en el cortijo, me mandaba al gallinero a recoger esos huevos calentitos que se amontonaban en los ingeniosos ponederos que salían de la pared en semicírculos y que siempre recordaré con ternura, y hoy como una verdadera obra de arte.
Olvidándome también de cómo disfruté de ricos caldos con fideos y gallina en pepitoria; sin preguntarme qué gallina habia cumplido siete años...

9 comentarios:

chiqui dijo...

El contraste de mi caldo de gallina lo podéis encontrar en el excelente artículo de Elvira en Cuarto Poder.
http://www.cuartopoder.es/otromilagro/en-hamburgo-hamburguesas-%c2%bfno/1490

tu prima dijo...

Hola prima, ahora ando un poco desorientada, con una mudanza que comenzó hace ya varios días y que no sé cuando terminará, que es pasmoso la de tonterías que se acumulan y que nunca te decides a tirar. Así, me siento delante de una caja recién abierta y se me van las horas examinando minuciosamente el contenido que al principio desecho totalmente decidida y que, al final, vuelvo a recuperar para arrumbar al fondo de cualquier cajón o armario, hasta la próxima mudanza. Es el "síndrome de Diógenes", pero en pequeño, menos mal.

En cuanto a la pobre gallina de siete años, siempre que reparo en la sensibilidad con la que te pones en el lugar de cualquier animalillo que se te cruce, me siento absolutamente cruel por comerme tan ricamente el caldo de gallina, no de "la" gallina, ni siquiera de "una" gallina. Confieso avergonzada que tiendo a "cosificar" todo lo que como, ya sea carne, pescado, fruta o verdura, todo es lo mismo para mi.

Se te echa mucho de menos por estos lares, después de los buenos ratos que hemos pasado juntas.

Chiqui dijo...

Prima, lo mejor es no tener un sótano disponible para guardar cajas, así tiene uno que ir deshaciéndose de esas cosas que - cuando tienes espacio para guardarlas- ni sabes que la tienes.
En mi sótano tengo cajas de mis hijos de cuando estaban el cole y en la universidad. Se resisten a tirar. Uno en NY y el otro en Washintong viven - como sabes - en espacios reducidos...Algún día todo irá a la basura. Se lo tengo advertido.

Chiqui dijo...

No, si vegetariana no soy, pero me sería imposible matar a un animalito con el que he convivido. Desde luego, no me crié así.
Remilgos yuppies?

Caldo de pollo dijo...

Que generosa Estrella y que cosas tan bonitas dices de esa pareja. Ojala que los polluelos las lean, menuda suerte que te cuenten cosas como estas de tus padres. Tú sabes de esto más que nadie. Eres un primor.

tu prima dijo...

Claro, visto así, es una pena comerse a un animal con el que se ha convivido, en eso llevas razón. Pero yo sigo sin poder empatizar con las pobres gallinas, que hacen un caldo buenísimo.
Y estoy de acuerdo con Caldo de Pollo en que los polluelos deben de estar encantados con los padres que tienen.

Chiqui dijo...

Gracias Caldo de pollo (qué rico eres!).Seguro que esos polluelos quieren mucho a sus padres
Prima, yo no empatizo con la gallina de siete años tampoco, pero quizás sí - en general - con la muerte, el abandono, el rechazo de los que nos han cuidado y querido...Vamos, cosas que pasan (titulo de una novela de Luis Goytisolo)

pingüino despistado dijo...

....y hay que recordar que el caldo de gallina era también la picadura de tabaco, no sé por qué arte de birlibirloque....

Chiqui dijo...

No puedo creer que no sepa usted por qué y cómo se hacía.