jueves, febrero 24, 2011

Días mágicos con mi padre.


A mi padre lo conocí bien, bastante mejor de lo que lo entendí en algunos momentos de nuestra breve convivencia.
A la muerte de mi madre dejamos de ser una familia. Empezaría la vida errante: la lista de familiares y amigos con los que crecí era, y sigue siendo, larga. A mi padre lo vi poco. Circunstancias de la vida; por eso los recuerdos que tengo de él son vívidos, intensos... Me he quedado con los mejores.
Mi padre era generoso; daba hasta lo que no tenía. Con la misma facilidad que hablaba escuchaba, y de dar consejos pasaba a hacer favores. Así sobrevivió unos años, cayendo en la ruina bajo el peso de la enfermedad de mi madre y la muerte de mi abuelo - su suegro - que era quien lo sacaba de apuros.
En la planta baja de la casa teníamos una tienda de comestibles donde me veo abriendo y cerrando estuches con especias, hilos, botones... un poco de todo. El vestido más precioso que he tenido en mi vida me lo hizo mi madre con la tela de los sacos en que venía el azúcar. El cajoncillo del dinero, debajo del centro del mostrador, siempre abierto. En la época en que se bautizaba a los chinitos para ganarnos la gloria yo debí de ganarme una buena parcela con vistas al Mediterráneo. Bauticé a docenas de ellos: cada mañana, cuando salía para la escuela, abría el cajón de la tienda y sacaba para salvar a un par de infieles de las llamas del infierno. Es imposible que mi padre no lo notara. Se haría el loco... sospecho; igual que yo me hacía la tonta cuando los domingos--recién hecha la primera comunión--me iba a misa: mi padre me decía muy serio "no, hija, yo fui a la de las siete".

La tienda, al pie del Castillo de Jaén y de camino a las barriadas en la montaña donde éste se erige, tenía una clientela bastante variopinta. Había niños en la Magdalena que llevaban amuletos para evitar el mal de ojo de los gitanos que pasaban de camino a las cuevas. La tienda de Severiano era parada obligatoria para estos. Allí los vi lloriquearle, echarle bendiciones y quién sabe si alguna que otra maldición, pero lo dudo; mi padre cedía al "fiao". En su libretita apuntaba el nombre o los motes (la del cojo, el mariquita, las gemelas) y una cifra tras otra; ni fechas, ni direcciones, ni firmas de deudores.

El último día, cuando sólo quedaba el mostrador--porque era fijo--mi padre se metió la libretita en el bolsillo de la chaqueta, me abrochó la rebeca para tapar las manchas del vestido y con entusiasmo me dijo que íbamos a "recoger dinero". Fue este uno de los días más esperanzadores de mi vida.

Calle abajo íbamos en dirección a una nueva barriada para familias pobres. Sería mediodía, el sol pegaba fuerte pero cogimos un atajo por los olivares... Recuerdo observar con preocupación que no llevábamos bolsas para el dinero. El, hablaba y hablaba; me imagino que hacíamos planes.

Llegamos al "barrio de la guita" y entramos en varios pisos (eran edificios de tres plantas). La atención se centraba en mi: "cuanto ha crecido la niña", "pobrecita, sin madre" que si los ojos, los carrillos... Finalmente salíamos con patatillas fritas, galletas Cuétara y hasta un conejo!... pero ni una gorda.

Mi padre no se desanimaba. De vuelta a casa subimos la cuesta que llevaba a las cuevas... A ver si había más suerte con los gitanos!

Después de varios tramos de escaleras en dirección al castillo llegamos a una explanada donde había un portón enorme. Alguien importante tenía que vivir allí, pensé. Abrieron el portón y apareció un pueblecito en fiestas: niños por todas partes, gallinas, cerdos, burros, grupos alrededor del fuego...guitarras. Algo se celebraba. Recibieron a mi padre con algarabía y lo sentaron a la mesa. Todo un banquete al que mi padre aportó el conejo.

A las tantas de la noche nos despidieron con la misma alegría con que nos habían recibido. Partíamos de allí, yo soñolienta y los pies molidos; mi padre--más alegre que unas pascuas--les aseguraba volver a final de mes con su libreta.

Este es el último recuerdo que tengo de él en su intento de mantener a la familia unida:mi hermano él y yo. También sería por entonces cuando abandoné mi afán de demostrarle que no necesitábamos a otra mujer en casa.

Pasaron años en que apenas lo vi, pero en nuestros encuentros siempre hubo un elemento mágico; un puñado de días especiales que han durado hasta hoy.


Days of Magic with My Father

I knew my father well, better than I understood him at certain moments of our brief life together. When my mother died we were finished as a family. The errant life was about to begin, and the list of family and friends with whom I grew up was, and still is, a long one. I saw little of my father. That’s just the way things worked out, and because of that my memories of him are vivid and intense... I chose to keep the best of them.

My father was generous; he gave to others things he didn’t even have. He was a good listener and an even better talker, and he went very quickly from giving advice to doing favors. He lived that way for a few years, losing everything under the weight of my mother’s illness and the death of my grandfather—his father in law—who had been the one to always get him out of trouble. .

On the ground floor of the house we had a food store where I see myself opening and closing the little drawers with spices, thread, buttons... a bit of everything. The most precious dress I have ever had was made by my mother with the cloth from the sacks the sugar used to come in. The money drawer, under the center of the counter, was always open. At a time when you could go to heaven by paying for the baptism of little Chinese children, I must have earned a very nice patch of paradise with a view of the Mediterranean. I baptized dozens of them. Every morning, as I left for school, I would go to the cash drawer and take enough to save a couple of infidels from the flames of hell. My father must certainly have noticed. He probably pretended he didn’t... the same as me, when, for a while, after I made my First Communion, I used to go to Mass and my father would tell me, in a serious tone, “No, no, I went already. At seven in the morning.”

The store, at the foot of the hill where the ancient Castle was, and on the way to the neighborhoods on that hill, had a colorful clientele. There were children from the neighborhood who wore amulets to ward off the evil eye of the gypsies who passed by on their way to their caves. For them, Severiano’s store was a required stopping place. I saw them whimper to him, bless him, and probably cast a curse on him too, though I doubt it, for my father didn’t think twice about giving them things on credit. In his little book he would write the name, or the nickname—The Lame Guy, The Fairy, The Twins—and one number after another. No dates, no addresses, no signatures of the people who owed him money.

The last day, when only the counter was left—because it was fastened in place— my father put the notebook in the pocket of his jacket, buttoned my sweater over the spots on my dress, and told me enthusiastically that we were going to go and “collect money.” It was one of the most hopeful days of my life.

We went down the street in the direction of a new housing development for poor families. It was probably around noon and the sun was beating down on us, but we took a shortcut through the olive groves. I remember observing, with some worry, that we hadn’t brought bags for the money. My father talked and talked. I imagine we were making plans.

We got to the neighbrhood and went into different apartment buildings (they all had three floors). All eyes were suddenly on me: “The girl has really grown,” “Poor little thing, with no mother!” and my eyes, and pretty cheeks... We finally left with potato chips, cookies, even a rabbit... but not a penny.

My father wasn’t discouraged. Back at home we climbed the hill that led to the caves. Maybe we would have better luck with the gypsies!

Climbing the endless steps to the Castle, we reached an esplanade where there was a huge door. Someone important had to live there, I thought. It opened onto a little village and a party was going on: children everywhere, hens, pigs, burros, people around a fire... guitars. They were celebrating something. They received my father with much noise and bustle and sat him down at the table. A real banquet, to which my father contributed the rabbit.

In the late hours they sent us off with the same happiness they had shown when we arrived. We went away, me very sleepy, with aching feet, and my father—tipsier than a top—assuring them he would return at the end of the month with his notebook.

This is the last memory I have of him in his efforts to keep the family together—my brother, him, and me. It was probably then when I gave up trying to prove to him that we didn’t really need another woman in the house.

Years went by and I scarcely saw him, but there was always an element of magic in our encounters, a handful of special days that have lasted into the present.

lunes, febrero 21, 2011

YO-YO MA: Presidential Medal of Freedom.

Felicitemos a un amigo del blog, Yo-Yo Ma, por un honor que tiene más que merecido. Para sus seguidores una medalla no lo hace más grande de lo que ya es; pero nos damos cuenta de que el hecho en sí es ocasión para que otros lo descubran.



La Medalla Presidencial de la Libertad (en inglés: Presidential Medal of Freedom) es una condecoración otorgada por el Presidente de los Estados Unidos, equivalente a la Medalla de Oro otorgada por el Congreso, es la concesión civil más alta en los Estados Unidos. Está diseñada para reconocer a las personas que han hecho "una contribución especialmente meritoria a la seguridad o los intereses nacionales de los Estados Unidos, la paz mundial, cultural o otras importantes iniciativas públicas o privadas." (Wikipedia)

2010: George H. W. Bush - Angela Merkel - John Lewis - John H. Adams - Maya Angelou - Warren Buffett - Jasper Johns - Gerda Weissmann Klein - Tom Little (póstumo) - Yo-Yo Ma - Sylvia Mendez - Stan Musial - Bill Russell - Jean Kennedy Smith - John J. Sweeney

miércoles, febrero 16, 2011

Baltasar Gracián: Arte del Rock


And You Will Know Us by the Trail of Dead

1992, como cualquier año y por diferentes razones, dejó huella en muchos de nosotros. En nuestra familia fue el año en que se publicó la traducción al inglés de Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián: The Art of Worldly Wisdom. Fue el año en que mis dos hijos nos aporreaban desde el sótano con sonidos nunca antes oídos. Fue el año en que John Bohlinger generosamente decidió transformar estas estridencias en música.
Era año de elecciones. Bill Clinton a la cabeza. Recuerdo 1992 como un año lleno de optimismo y esperanza. Creo que por primera vez me hacía ilusión vivir en EE.UU.

The Art of Worldly Wisdom aparecía en la lista de bestsellers del Washington Post, el New York Times, Los Angeles Times... Llamadas a casa pidiendo entrevistas para la prensa, los montones de libros para ser firmados por el traductor se acumulaban en su oficina: había pasado de ser un libro que todo político debía leer a uno que todo graduado de la universidad tenía que tener. Gracián se sigue leyendo, con más de 220.000 ejemplares vendidos.

Para 1995 mis hijos tenían su propio grupo de rock y un CD que se vendió entre los amigos y familiares. Consiguieron crear música y merecía la pena ser escuchada. El grupo, Corey Bruce, se disolvió cuando sus componentes se graduaron de High School y acabaron en distantes y diferentes universidades del país.

Recuerdo de esta época la afición de mis hijos y estudiantes a un grupo, And You Will Know Us By The Trail of Dead. El titulo me resultaba espeluznante. Cuando los vi por primera vez en TV me aterrorizó el final de su actuación: acabaron destruyendo las guitarras eléctricas y produciendo un increíble caos en el escenario. Los espectadores saltaban extasiados...mis hijos se reían... Cuando reaccioné, lo único que pude decir, entre disgusto y tristeza, fue: "podrían haber donado esas guitarras a niños pobres". Mis hijos intentaban explicarme lo simbólico del, para mí, acto bárbaro... Todavía estábamos pagando a plazos los instrumentos con que tocaban ellos. Pero de la vida, aunque no larga, se aprende. Hace unos días recibí este e-mail de uno de mis hijos.

Fri, 4 Feb 2011 22:48
Hey guys, just heard one of my favorite band , And You Will Know Us By The Trail of Dead , say their new album was influenced in part by The Art of Worldly Wisdom! It was on NPR's Sound check just now.
They start talking about the books that influenced them around the 13:45
mark..





Efectivamente, el último álbum de este grupo (Alternative rock, art rock...) está inspirado, en parte, en Baltasar Gracián! Si me hubieran dicho esto la primera -- y última-- vez que los vi actuar me habría reído a carcajadas...y sigo sin creérmelo. Pero ahí está; los misterios de la vida: un círculo se cierra.


sábado, febrero 12, 2011

SAN VALENTIN


Quisiera vivir con tres bellas hijas y un futuro "in law". La cocina habitada por un compañero que te hace reír con su ingeniosas imitaciones. La casa llevada por las manos de espíritus femeninos libres-- y por eso interesantes y complicados-- donde las fechas cuentan: los cumpleaños, la Navidad, Hanukah, los aniversarios. Se cuida de los enfermos y se festeja su recuperación. Se acoge a los necesitados y se les enseña a vivir en una cultura ajena. No sólo se escucha al desdichado sin juzgarlo, se le entiende y se le habla...

La casa cambia con las estaciones: se engalana en invierno, es más liviana en primavera y los veranos espera que vuelvan sus habitantes con la arena del mar en la suela de los zapatos y la cálida luz del sol en su piel. En otoño el año escolar... el tercer piso se brinda al peregrino.
En esta casa se lee, se escribe, no falta la música, ni gatos ni perros, ni vecinos...La frecuentan adolecentes, jóvenes en camino de ser adultos y adultos que quisieran ser jóvenes.
La frecuentan ancianos que esperan su fin sin temor o remordimiento.

Esta casa es mía siempre que esté dispuesta a recorrer el trayecto desde Boston a Pittsburgh. Allí, durante un par de días, encuentro todo esto y más.

Holly y Paul, que mantienen este albergue, y a los que no llamo cuñados, sería injusto, han sido para mí un regalo inesperado en mi vida. A ellos les devuelvo esta elocuente foto que me han mandado, y con ella mis más sinceras felicitaciones en este día.

¡Que la casa siga creciendo!

jueves, febrero 03, 2011

Graciela Reyes: LA MUJER LINDA


Es todo lo que puedo decir de ella: que era linda. Cuando la vi, estaba diez pisos más abajo, cruzando la avenida La Salle. Eran las cinco y pico de la tarde, y yo había interrumpido lo que estaba escribiendo y me había preparado un café fuerte, con un copete de crema, que tomaba de pie al lado de la ventana, mirando el parque nevado. Los autobuses volvían del centro repletos, y descargaban pasajeros que cruzaban el parque como hormigas negras en la nieve fresca. Suelo sentir una mezquina satisfacción cuando estoy seca y caliente en mi casa y veo a otros luchar contra la nieve y el viento. Nevaba tupido desde hacía horas. Mientras escribía, había oído a los camiones de la municipalidad, que pasaban a intervalos cortos, arrastrando nieve con su pala levantada. La nieve arrastrada forma murallas, cada vez más pétreas, contra los cordones de las veredas. Al cruzar la calle hay que calcular por dónde va a entrar uno en la acera de enfrente, y trepar por donde lo hayan hecho otros antes. Era el fin del invierno y había luz natural a las cinco y pico, pero todavía hacía mucho frío. Vi a la mujer salir del parque y seguir a otros que habían elegido el mejor lugar para cruzar la avenida. Creo que la distinguí porque era alta y pese a la nieve caminaba con elegancia. Tenía un abrigo muy largo de color marrón claro, con su capucha levantada. El tráfico era lento, como siempre en los días de tormenta. Debajo de la nieve, e incluso en el pavimento que parece limpio, hay hielo, y todos lo sabemos.

El coche que iba a matarla venía por la calle lateral y quiso doblar a la derecha, en La Salle. La mujer había cruzado parte de la avenida y estaba parada en un descanso, una breve plataforma cuya misión en realidad es impedir que crucen por ahí los autos, pero que a veces usan los peatones. Allí estaba, esperando, y yo mirándola. El viento feroz de mi esquina le arrancó la capucha, y se le soltó por el aire una melena oscura muy bonita. Ella giraba en el viento para ponerse la capucha otra vez. No le vi bien la cara, pero me pareció una mujer linda. También me pareció que se reía. Se movía con gracia. No llegó a ponerse la capucha. El coche que venía por la lateral quiso doblar y no pudo, resbaló en el hielo, siguió de frente, la arrolló.

Del coche bajó una mujer, y corrieron hacia allí unas cuantas personas. Yo seguía con la taza entre las manos, en la ventana. Hubo un silencio extraño, como si no hubiera pasado nada, y lo único disonante era el coche cruzado en la calle y la gente que lo rodeaba. Se habían quedado inmóviles. Enseguida oí las sirenas de la policía y de las ambulancias, y ya no miré más. La mujer linda daba vueltas en el viento con mucha gracia. No parecía tener frío. Se la veía contenta, quizá deseando llegar a su casa para contarle algo bueno a alguien.

Sentada en un sillón, escuchando las sirenas, sentí que me había hecho amiga de esa desconocida que ahora se estaba muriendo bajo mi ventana. Había compartido con ella, mirándola sin que me viera, los segundos últimos de su vida, la había observado con simpatía y hasta con un poco de envidia, la había adivinado y apreciado, había imaginado por qué estaba contenta, ahí en medio de la calle, bajo la nieve.

Desde aquel día, mi memoria guarda con cariño a la mujer linda. A veces, al cruzar la avenida en dirección a mi casa, me detengo en el mismo lugar en que estaba ella cuando la mataron y levanto los ojos hacia mi ventana, como si ella me estuviera mirando, con una taza de café en la mano.

OTROS DE SUS CUENTOS EN EL BLOG:

La cólera de Shubert
Noches con Schubert

La traición del electricista
Luna de Miel
El insomnio
Taquicardia
Las Grandes ciudades

Cuentos de la funeraria
Graciela y el amor
Las galletitas chinas

martes, febrero 01, 2011

HISTORIA EN BLANCO Y NEGRO

Como no hay cosa en la vida que más me fastidie que leer las instrucciones con que vienen acompañados los nuevos entes electrónicos, estas fotos me has salido en blanco y negro. Me encanta pensar que la máquina se rebeló y decidió que 'de colores' nada. También podríamos pensar que fue el azar...Ay! qué pillo el azar.
A mitad de nevada, y después de haber despejado escaleras y senderillos les ofrezco este panorama.
En blanco y negro

Lo que era mi calle

Mister Tasos: el Angel de las Nieves

La acera recien limpiada


Los abedules se quejan!


La puerta de servicio: Gracias sean dadas; el servicio esta de vacacines.




El Mercedes en la cochera: Gracias sean dadas, sólo existe en la imaginación


No, los perrillos no se van a escapar...


Mi sofá... y el de todo el que me quiera como estos dos!
























GLOBAL WARMING?

Republicans think that global warming is a Hoax
BOSTON: and more coming down!