La cité en un restaurante de Recoleta, de esos que tienen menú fijo al mediodía, pero un restaurante comme il faut, dentro de una casa vieja reciclada con el buen gusto que suelen tener los gays, con mesas separadas suficientemente, velitas, florcitas, manteles y servilletas de buena tela. Tenía que hacerle una entrevista, porque escribo para una revistita de barrio que, aunque no me da mucho dinero, me da acceso a un carnet de periodista y algunas satisfacciones. Entre otras cosas, acceso a esta mina que iba a modificar mi vida. Voy a decir la verdad. Aunque a mí me gusta bastante la joda, en esta ocasión estaba muy preocupado por el trabajo y disminuido, porque la mina era colosal en muchos sentidos y además, con lo que me habían contado de ella, de sus libros, de su dedicación al estudio, ni se me ocurrió que las cosas iban a tener el desarrollo que tuvieron. Fue ella la que empezó a perturbarme con sus miradas equívocas, sus sonrisas, sus frases. Al principio de una conversación convencional, llena de lugares comunes, de repente me espetó qué color de calzoncillos usás y yo me atraganté con el pedaz
o de pan que tenía en la boca. Después la conversación siguió normalmente y pude completar el cuestionario que tenía preparado para la entrevista.
tra exaltación. Ella insistió en que nuestra relación sólo podía ser espiritual, y yo tuve la absoluta certeza de ser espíritu puro. De repente dijo que tenía que volver a casa y que no tenía cambio para el taxi. Me sentí feliz de que me dejara acompañarla aunque no quiso que fuéramos hasta su puerta y se bajó en alguna parte. Al llegar a casa me caí del cielo a la tierra. Me sentí terriblemente defraudado y solo, la vida sin ella no tenía sentido, la volví a llamar. Nos encontramos al día siguiente en Las Violetas. Ella no parecía la misma del día anterior. Tuve la sensación de que un cristal nos separaba y decidí jugarme el todo por el todo. Empecé a beber. Le dije que no podía tener una relación espiritual con ella después de la maravillosa experiencia que habíamos tenido, que quería todo o nada. No sé qué más le dije, creo que bebí demasiado y no recuerdo los detalles, pero sé que en un momento se levantó y dijo que la había ofendido y que se iba. Superé la parálisis del asombro, pagué, y salí a buscarla como loco por Rivadavia. Pero no la encontré. Esa noche lloré como nunca había llorado. La llamé varias veces pero colgaba o no atendía. Después de unos días pude hablar con ella y aceptó una cita en una confitería cerca de su casa. Me dijo que la había ofendido como nunca la habían ofendido, que la había echado de Las Violetas, que había tenido que irse a su casa caminando para poder salir de la ofuscación, que lo mío era imperdonable. Le juré que no recordaba lo que había dicho o hecho. Le regalé un broche de oro que había sido de mi madre. Me dijo luego, así como desde lejos, que iba a estar muy ocupada durante algunos días pero que por favor la llamara.Al poco rato me sentí otra vez estafado, un verdadero gil. Eso es lo que sos, un gil, pibe, me decía a mí mismo. Y menos mal que no le regalaste un tapado de armiño, todo forrado en lamé.
A ella le gustaba desconcertar a la gilada con frases del tipo te gusta dormir desnudo? Y la gente se descolocaba hasta que una sonrisa, otra frase más normal la devolvía a lo cotidiano. Creo que eso me fascinaba, ella era la suspensión de lo cotidiano, con ella todo tenía otra dimensión, un reborde luminoso, qué se yo, todo parecía vibrar, moverse, flotar como flotan los astronautas en sus cápsulas.

(Al llegar a este punto el narrador se dio cuenta, ya que tenía algunas letras, de que parecía un personaje de Dostoievski. Recordó el texto de Los demonios, cuando dice: “A veces existen unas amistades muy particulares en las que da la impresión de que un amigo quiere devorar al otro y viceversa, pasan así casi toda la vida y, sin embargo, nunca se separan. Peor, la separación resulta inconcebible: el primero de los amigos que se enfada y rompe el vínculo cae enfermo y acaso muere cuando ello ocurre. Sé muy bien que algunas veces, después de las más íntimas confidencias con Varvara Petrovna, cuando esta se retiraba, Stepan Trofimovich se levantaba de un salto del diván y empezaba a dar puñetazos en la pared”.
Exactamente, me dije yo, después de que el pobre gil me contó su historia, que por supuesto no acabó donde yo la termino, la cosa siguió y siguió por los mismos carriles, y mi amigo perduraba feliz en su infelicidad, porque quién puede quitarle la ilusión al que quiere ilusionarse, y para qué, es mejor eso que la vida en la planicie, la vida siempre igual al lado de la patrona de la que uno acaba aburrido y satisfecho, comiendo ravioles los domingos y después ver el partido de fútbol y gritarles a los chicos que no jodan y odiar a la suegra y los cuñados y a la noche meterse en la cama matrimonial después de cerrar con doble llave la puerta de calle.)



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